Posteado por: repensaredu | 11/agosto/2008

Paternidad: un seguro de vida para las hijas

Por qué las chicas necesitan el cariño y la autoridad de su padre

Paternidad: un seguro de vida para las hijas

Juan Meseguer Velasco

Tendemos a pensar que las madres son las principales educadoras de sus hijas, mientras que a los padres les corresponde un papel secundario. Esta distribución de roles olvida que, además de los cuidados y la relación materna, ellas necesitan un padre que les dedique tiempo y atención. Así lo defiende Meg Meeker, pediatra y consejera familiar, en su libro Padres fuertes, hijas felices (1).

 

A los dieciocho años, Ainsley se marchó de casa para estudiar en una prestigiosa universidad ameri­cana. Durante el primer curso todo marchó sobre ruedas: hizo muchas amigas y sacó buenas notas. Pero luego la cosa se torció. Empezó a beber demasiado, dejó de asistir a clase y, al final, fue expulsada de la universidad.

 

Al regresar a casa, su madre se mostró inflexible. “Te has comporta­do estúpidamente”, le dijo. “Has arrojado tu futuro por la ventana. Has avergonzado a tu familia”. En mitad de la bronca, su padre se acercó a Ainsley y le susurró: “¿Te encuentras bien?” Ella rompió a llorar.

 

“No se puede imaginar cómo me afectó aquello”, explica Ainsley a la doctora Meeker. “Eso pasó hace treinta años. El amor que siento por mi padre en este momento es algo tan fresco y tan reciente como lo fue entonces (…) Supe que era a mí, y no a los logros que pudiese alcan­zar, a quien realmente amaba”.

 

El caso de Ainsley es uno de los muchos relatos que Meeker ha es­cuchado en su consulta. Tras veinte años de experiencia clínica, asegura que el padre es la figura más influ­yente en la vida de sus hijas. Un padre, dice, puede marcar la di­ferencia.

 

Un ambiente difícil

Por su experiencia, Meg Meeker se­ñala que las chicas de hoy se en­cuentran expuestas a más riesgos que las de antes (trastornos alimen­tarios, enfermedades de transmisión sexual, depresión, fracaso escolar, alcohol, drogas…); y son los padres los únicos que pueden interponerse entre ellas y el ambiente social que las rodea.

 

Vogue y Cosmopolitan le dirán a su hija de dieciocho (o de diez) años que su valor e importancia se basan en tener una figura esbelta y un pecho atractivo, en llevar vesti­dos caros y a la moda y en ser una de esas chicas en las que se fijan los hombres”. Meeker pide realismo a los padres. El hecho de que sus hijas estu­dien en un colegio privado o en uno religioso, dice, no las inmuniza con­tra el ambiente. Entonces, ¿qué se puede hacer? “Sí, es cierto que tan­to la televisión como la música, las películas y las revistas ejercen una enorme influencia sobre las chicas, marcando las pautas de lo que de­ben pensar y vestir (…); pero su in­fluencia no llega ni con mucho a la que puede ejercer un padre”.

 

Ella necesita un héroe

Después de algunos meses de separación, Doug decidió volver a vivir con su mujer. Durante las pri­meras vacaciones que pasaron jun­tos sufrieron un terrible accidente de coche y ella se quedó en coma; al despertar, no recordaba nada. Entonces Doug cambió su plan de vida; se jubiló anticipadamente y se hizo cargo de su mujer y de sus hijas.

 

Doug es un héroe porque salvó a su familia. Nadie le llega a la suela de los zapatos. Así lo piensa Mindy, su hija mayor: “Quizás otro padre no hubiera sido capaz de hacerlo: des­pertar cada mañana a una esposa que no te conoce y volver a enseñar­le el contenido de veinticinco años de matrimonio. Pero él nunca se rindió“.

 

Con frecuencia las chicas asig­nan el papel de héroe a su padre, normalmente sin que él lo sepa. Desde pequeñas piensan que ellos son los más fuertes, los más inteli­gentes y los más capacitados del mundo. Cuando las hijas crecen se dan cuenta de que, en realidad, sus padres son personas corrientes. Pero no importa: ellas seguirán pensando que son héroes, siempre que ellos vivan con integridad y honradez.

 

Las chicas esperan que el matri­monio de sus padres dure, aunque esto suponga muchos sacrificios. Si un padre permanece junto a su mujer a pesar de las dificultades, se con­vertirá en un héroe para su hija. Pero si la abandona, el héroe se derrumba. Es aquí donde entra en juego la fide­lidad.

 

Tiempo y atención

Antes de que Allison ingresara en un centro de rehabilitación, su padre pasó un fin de semana con ella en un camping. No hubo entre ellos con­versaciones turbulentas. Ni siquiera hablaron sobre el malhumor de Allison. Se limitaron a hacer camina­tas, a cocinar juntos y a leer. Tras regresar a casa, ella se marchó al centro de rehabilitación para una estancia de ocho meses.

 

“Aquel fin de semana me di cuenta de que él era inquebrantable”, explica Allison. “Por supuesto que tenía que sentirse muy mal; pero vi entonces que, hiciera yo lo que hicie­se, nunca podría apartarlo de mi vida. No puede imaginarse el bien que me hizo eso. Naturalmente no quise decírselo entonces. Pero aquellos días de camping lo cambiaron todo. Creo que me salvó la vida”.

 

La mayoría de los padres se alejan de sus hijas adolescentes pensando que necesitan más libertad y más es­pacio para desarrollar sus actividades. Frente a este modo de pensar, Meeker reco­mienda a los padres que pasen tiempo con sus hijas y que les pres­ten atención. “Haga lo que haría naturalmente, como hombre que es: pase más tiempo escu­chando que hablando. Si la escucha, ella se sentirá querida”.

 

La cultura dominan­te nos ha hecho olvidar que los hombres y las mujeres piensan de forma diferente. Un pa­dre puede ver un parti­do de fútbol con su hi­jo, sin decir una pala­bra, y sentirse los dos a gusto. Pero las hijas no están hechas de la misma pasta. “Esté donde esté, asegúrese de que ella percibe que usted se da cuenta de que  está a su  lado.

 

Hágale preguntas y escúchela. Las chicas odian sentirse invisibles”.

 

Meeker asegura que la autoridad paterna es crucial para las hijas. De hecho, las chicas más problemáticas e infelices son las que han tenido padres permisivos.

 

Atreverse a establecer reglas

En la década de los setenta del siglo XX, el padre fue presentado como una figura autoritaria que pretendía imponer sus normas a una juventud ansiosa de libertad. Hoy en día esta idea ha calado en la mente de muchos padres; temen que si impo­nen a sus hijas demasiados límites, ellas se rebelarán.

 

Frente a este planteamiento, Meeker asegura que la autoridad no provoca traumas a las hijas; al con­trario, es lo que más les acerca a sus padres y lo que hace que les respe­ten más. De hecho, las chicas más problemáticas e infelices son las que han tenido padres permisivos.

 

Algunas de estas chicas acuden a la consulta de Meeker y se quejan de que sus padres nunca se han atre­vido a establecer reglas. “Hablan de padres que quisieron evitar a toda costa cualquier tipo de conflicto, y que, por consiguiente, no han queri­do comprometerse hablando con sus hijas, o enfrentándose a ellas cuando se equivocaban en sus decisiones”.

 

Meeker considera que los padres tienen que recuperar la confianza en sí mismos y no tener miedo a educar según les dicte el sentido común.

 

“Permítame que le cuente un secreto sobre las hijas de todas las edades: les gusta presumir de lo duros que son sus padres, no sólo físicamente, sino también de lo estrictos y exigentes que son con ellas. ¿Por qué? Porque esto les per­mite darse tono sobre lo mucho que ellos las quieren”.

 

La religión importa

A nadie le extraña que los padres tra­ten de enseñar a sus hijos todo lo que saben de literatura, matemáticas, his­toria o geografía. Sin embargo, cuan­do se trata de hablarles sobre Dios, algunos padres optan por escurrir el bulto. Es preferible, piensan, dejarles libres y no imponerles las propias convicciones religiosas.

 

Este modo de pensar, explica Meeker, no tiene en cuenta un dato básico: que todos los seres humanos tenemos un interés natural por lo reli­gioso.

 

“Los niños -explica Meeker-siempre quieren saberlo todo sobre Dios. Sus preguntas son intuitivas. Si usted no proporciona una guía a su hija, ella buscará las respuestas por su cuenta; lo que quiere decir que su autoridad quedará suplantada por la de otra persona”.

“Su hija necesita a Dios por dos razones: porque necesita ayuda y por­que necesita esperanza. Él le proporciona esa ayuda y le promete que su futuro será mejor”, concluye Meeker.

 

Muchas mujeres reprochan al marido no cumplir con el papel de padre, cuando ellas

se las han arreglado para no dejarles el lugar que les corresponde.

 

 

 (1) Meg Meeker. Padres fuertes, hijas felices. Ciudadela. Madrid (2008). 248 págs. 21 . T.o.: Strong Fathers, Strong Daughters. Traducción: Mariano Vázquez Alonso.

 

Sin padre no hay familia

La ausencia del padre es la principal causa del retroceso en el bienestar de los niños. También es un factor crucial para comprender la crisis actual de la familia. Así lo expli­ca el francés Tony Anatrella, experto en psiquiatría social y consultor del Consejo Pontificio para la Familia, en su libro La diferencia prohibida (2), del que resumimos algunos párrafos.

 

Anatrella advierte que la devaluación de la función paterna tiene consecuencias sobre la estructuración psíquica de los indivi­duos y sobre la sociedad: debilita­miento de la imagen masculina, tras­tornos de la filiación, aumento de las conductas adictivas, pérdida del sen­tido de los límites (toxicomanías, bulimia/anorexia, prácticas sexuales reaccionales), dificultades para socia­lizarse, etc.

 

La sociedad actual valora mucho la figura de la madre. Es verdad que ésta es una fuente de seguridad para el niño, pero la relación de la madre y el hijo necesita completarse con la función paterna. “El padre es el que dice que no (tanto al hijo como a la madre, lo que permite justamente diferenciar a los dos padres), el que introduce la negatividad y el que declara la prohibi­ción, es decir el límite de lo posible”.

 

La figura del padre es necesaria para el desarrollo psi­cológico equilibrado de los hijos. El padre es el mediador entre el niño y la realidad; permite al hijo tomar iniciativas, “porque él ocupa una posición de tercero, de compañero de la madre, y no de madre bis”. Gracias a la figura del padre, el bebé aprende a diferenciarse de la madre y a adquirir autonomía psíquica. El niño descubre que él no hace la ley, sino que existe una ley fuera de él.

 

Gracias a la relación con el padre, el niño y la niña adquieren también su identidad sexual. “La diferencia de sexos encarnada por el padre juega por otra parte un papel de revelación y de confirmación de la identidad sexuada. Tanto la chica como el chico tienen en efecto tendencia, al comienzo, a identificarse con el sexo de la madre, y es el padre, en la medida en que es recono­cido por ella, el que va a permitir al hijo situarse sexualmente”.

 

La figura del padre es necesaria para el desarro­llo psicológico equilibrado de los hijos.

 

El padre excluido

¿Por qué se ha impuesto en nuestra sociedad esta idea de la ausencia del padre? Hoy se divulga la figura del padre indigno o incompetente, soste­nida por la legislación y estereotipada por los  medios  de comunicación. “Así, en la mayor parte de los guiones de las series televi­sivas, es presentado como incapaz de situarse en la rela­ción educativa, de ocuparse de adolescentes, menos todavía de proclamar las exigencias necesarias a la vida en sociedad, incluso de reprender cuando es necesario”. Muchas mujeres reprochan a los hombres no cumplir con el papel de padre cuando, más o menos consciente­mente, ellas se las han arreglado para no dejarles el lugar que les corresponde. “La madre aleja así al padre, con el riesgo de culparlo en un proceso perverso que le permite confirmar su poder y su sentimiento de omnipotencia so­bre sus hijos, sobre el hombre y sobre el padre”.

 

La que está valorada sobre todo es la relación ma­dre/hijo y el padre cree que tiene que ser una segunda madre para hacerse aceptar. Algunos hombres, condi­cionados por este conformismo, han llegado a identifi­carse con “el modelo de ‘papas gallinas’, es decir, no un padre, sino más bien un hermano mayor o un tío”.

 

La ausencia del padre se explica también por la confusión entre procreación y maternidad. Para Anatrella, esta confusión “remite al fantasma femenino de la partenogénesis (es decir, de la fecundación sin macho). La sociedad ha confirmado demasiado fácil­mente este fantasma acreditando la idea de que, al no concernir la procreación y la maternidad más que a la mujer, ésta puede educar a un hijo sin padre”.

 

El desarrollo de los anticonceptivos y la trivialización del aborto han contribuido a sostener esta ilusión de que la mujer domina ella sola la procreación. De aquí ha sur­gido un eslogan: “Mi cuerpo me pertenece”. Afirmar esto es sobrentender que “la procreación me pertenece”, algo que es muy discutible. “Si la maternidad concierne a la mujer, la procreación es compartida por el hombre y la mujer: no es sólo competencia de la mujer”.

 

Hijos objeto

Los países occidentales han contribuido a reforzar esta concepción del padre excluido de la procreación. Así ocurre cada vez que se legisla pensando únicamente en “la madre en solitario”. El ejemplo cercano que describe Anatrella es el de las leyes francesas que, en caso de divorcio, hacen depender los derechos del padre de las buenas o malas relaciones que tenga con la madre. Lo mismo ocurre con las decisiones judiciales, al confiar sistemáticamente la custodia del hijo a la madre.

 

Lo más grave del asunto es que la exclusión del padre penaliza también a los hijos. “¿No se ha creado, al privilegiar los derechos de la madre, una doble categoría de excluidos, por una parte los padres biológicos recha­zados, por otra los hijos, propuestos a un padre de sus­titución tras otro, o incluso confiados a terceros especia­lizados, ‘hijos-objeto’, ‘hijos-capricho’, ‘hijos-prótesis’, que se ofrecen como valedores?”

 

La ausencia del padre tiene efectos muy negativos en el desarrollo de los hijos. Según encuestas citadas por Anatrella, en Estados Unidos un niño tiene seis veces más riesgo de crecer en la pobreza y dos veces más de aban­donar la escuela si ha sido educado por una madre sola que si pertenece a una fami­lia constituida por dos padres, capaces de ofrecerle puntos de referencia.

 

La consecuencia última de la ausencia del  padre se  mani­fiesta en el aumento de la violencia. Al no llegar  a  aceptar  lo real, por falta del sen­tido de los límites que debería inculcar el padre, los hijos se rebelan y se multiplican los actos de violencia. Pero la agresividad también se vuelve contra uno mismo y se convierte en autodestrucción.

 

Repensar la familia

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Para Anatrella, el problema de la ausencia del padre está íntimamente ligado a otro problema más general: el de la desmem­bración de la familia constituida por un padre y una ma­dre con hijos. “La familia se rompe, en efecto, sobre todo bajo la presión de la pareja actual en la que los indivi­duos, en cuanto tales, no buscan más que su beneficio a través del otro. Se rompe también porque, muy a me­nudo, omite su papel educativo”.

 

La crisis de la familia se manifiesta en el descenso de matrimonios y la extensión de las uniones de hecho, la baja fecundidad, la multiplicación de divorcios. Pero tiene una causa más profunda: el problema está en las representaciones sociales de la familia, en la concepción que tenemos de ella.

 

Para revalorizar la figura del padre, Anatrella propone recuperar el sentido de la familia. Se trata de redescubrir qué significa la experiencia del parentesco y la diferencia de generaciones. Ha de afirmarse que padre y madre son necesarios, que ninguno es más que el otro, que ningu­no de ellos es sustituible o canjeable por el otro. □

 

(2) Tony Anatrella. La diferencia prohibida. Sexualidad, educación y violencia. Encuentro. Madrid (2008). 336 págs. 30 . T.o.: La différence interdi te. Traducción: Lázaro Sanz.

 

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